Diego Costa, el hombre de Conte

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Desde sus primeros días como DT del Chelsea, Antonio Conte había expresado un deseo preciso: mantener a Diego Costa.
A pesar del habitual presupuesto de Abramovich, y por lo tanto de la posibilidad de llegar a delanteros de primer nivel, el técnico italiano estaba convencido de que ya tenía en su plantilla el atacante ideal, con el que ir a conquistar goles, puntos y trofeos, algo que la desastrosa temporada del año pasado había convertido en un espejismo.

Conquistar, justamente, es un verbo clave en el vocabulario de Diego Costa.

Ha sido así desde su infancia, un periodo que no se parece al camino de tantos otros talentos brasileños – en Lagarto, en el nordeste de Brasil, el problema principal de la familia de Diego no era la pobreza. La madre Josileide y el padre, conocido como Zeinha, no eran ricos por supuesto, pero lo que realmente faltaba, en aquella ciudad más grande de Milán pero con “solo” 100 mil habitantes, eran las oportunidades. Hoy igual que ayer, a pesar de la realización de una universidad que “reanimó” la zona, Lagarto es una red de calles estrechas y en mal estado y vastos campos a las afueras del centro de la ciudad, que se llena de vida durante el mercado.
En una de esas calles, es posible reconocer la casa de los Costa por una fachada un poco más llamativa que las otras, y por la cola que se forma frente a la puerta cuando se difunde la noticia de los muchos regresos de Diego. Tan pronto como tenga la ocasión, el jugador se divide entre la casa de sus padres, la de sus abuelos, con un imprescindible campo de fútbol iluminado donde jugar con los amigos de siempre, y unas excursiones a Aracaju y sus alrededores, donde poder disfrutar del mar.

En los años 90, en cambio, excepto una especie de proyecto social llamado Boula de Ouro, que reunía los chicos de la zona para sesiones de entrenamiento mal organizadas, Diego empezó a jugar con sus amigos por las calles, donde quien lo conocía ya notaba algo muy raro:

Para él no existía el concepto de ‘balón perdido’. Otros jugadores viendo el balón muy lejos, inalcanzable, lo dejaban ir, pero él no,

cuenta el amigo Prefeitinho en la autobiografía de Diego, “The Art of War”, escrita por Fran Guillén.
Por cierto, el fútbol profesional parecía tan lejos que, después de haberse mudado con la familia a San Pablo con 14 años, el chico pensó en dejar su pasión y buscar un trabajo, porque

a veces tenía que quedarme en casa porque no tenía ganas de ir a una cita y dejar que una chica pagase para mí”.

Junto a su tío Edson, Diego manejaba camiones hacia la frontera con Paraguay para comprar productos a bajo precio para luego venderlos en el centro comercial Galería Pagé. Pero fue justo Edson, convencido por el talento futbolístico de su nieto, a empujarlo hacia aquel sueño que estaba desvaneciendo – después de varias pruebas con otros equipos, el Barcelona Esportivo Capela de Ibiúna aceptó integrar a su plantilla un Diego de 16 años, en su primera experiencia en un club profesional. Con esta camiseta, en un partido de la Taça de San Pablo, el pequeño Diego cautivó el interés de Jorge Mendes, que estaba presente en las tribunas.
Tan pronto como salió del campo, un representante del agente ofreció al chico el pase al Sporting Braga.

No dudé ni un minuto, sabía que había Jorge [Mendes] detrás de aquella oferta, que era uno de los mejores del mundo.

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Un salto al vacío que asustó a la familia. El padre Zeinha llevó a su hijo una propuesta del São Caetano: el mismo dinero pero la permanencia en Brasil, donde no había el riesgo de acabar como muchos talentos sudamericanos que se desperdiciaron en Europa. Como un verdadero Nordestino, Diego siguió su alma determinada y obstinada: “Si no me dejáis ir, escaparé e iré de todos modos”.

Para Diego Costa el traslado a Portugal fue el comienzo de una larga subida, marcada por el latiguillo “es bueno, pero…” y por dudas para despejar. Sin embargo, el punto de cambio de su carrera aconteció muy temprano. Después de seis meses pasados sin jugar por motivos burocráticos, el delantero fue cedido a préstamo al Penafiel de Rui Bento en la segunda división portuguesa.

De inmediato vi algo especial en él, como un diamante bruto,

dijo el técnico.
Los rumores de un nuevo talento brasileño llegaron a las orejas de Javier Hernández, scout del Atlético Madrid, que asistió en secreto a un partido del Penafiel.

Era evidente que no estaba siguiendo una dieta saludable, ya que era un poco en sobrepeso. Pero nunca había visto un jugador recorrer cada rival con esa ferocidad […], recuerdo de haber pensado: ‘no puede tener 17 años.

El Atlético Madrid cerró el pase después de un coloquio en casa de Jorge Mendes en Oporto, pagando 1,5 millones para un jugador que solo había jugado tres partidos en la segunda división portuguesa. El primer objetivo de los colchoneros era sacar ese chico de una liga de bajo nivel. Por eso en enero de 2007 regresó al Braga, marcó un gol en Europa League eliminando al Parma, y en el verano siguiente pasó al Atlético Madrid.

Desde 2007, por muchos veranos, Diego Costa pudo solo saborear la vida futbolística madrileña antes de ser mandado a préstamo cada vez a un lugar diferente. Por otra parte, en aquel entonces, el delantero era tan desconocido que para su presentación el club eligió ofrecer a los periodistas un DVD sobre el brasileño.

En el Celta Vigo Diego empezó a escribir sus primeras y verdaderas páginas de su carrera española, que comprenden gestos técnicos impresionantes junto con los problemas conductuales que muestra también hoy en día. Unos límites que han manchado su reputación a los ojos de muchos aficionados, sobre todo rivales, pero no a los de quien han trabajado con él. Antonio Alfaro, uno de los agentes involucrado en el pase del atacante al Albacete en 2008, recuerda:

Puede perder completamente la razón por uno segundos pero luego se acaba todo y se convierte en el chico más adorable del mundo”.

Diego, por su parte, nunca consideró, y tal vez nunca podrá, el hecho de “ir al límite” como un defecto. Para los que crecieron jugando por la calle, donde peleas, codazos y más eran algo habitual, el contacto físico, para un delantero, es imprescindible:

No estoy diciendo que soy un ángel. No lo soy, como podéis ver, pero siempre jugaré así, es lo que necesito para suportar a mi familia, al club y a sus aficionados.
En el campo seré siempre así. Éste es mi carácter – fuera del campo soy diferente, pero no cambiaré.
Deberíais preguntarse cuántas veces lesioné a un jugador de propósito…Ninguna.
No serán unas fechas de suspensión más a hacerme cambiar.
Yo soy siempre leal, doy el 100%, quien piensa que soy violento ve el fútbol de otra manera. Para mí, yo puedo contrastar duramente los defensores y ellos pueden hacer lo mismo conmigo. Lo que pasa en el campo, después del partido, se queda ahí: nos damos la mano, yo voy a mi casa y él también, todo está bien”.

Un pensamiento que hace entender como pudo nacer, después de tantas batallas en el campo de juego, la impensable amistad con Sergio Ramos, uno de los compañeros más cercanos durante los retiros de la selección española.

Si tengo que darle una patada a Sergio, lo hago. De la misma manera, él podrá hacer lo mismo. Pero es solo por competición, cuando jugamos”,

dijo el delantero después de uno de los numerosos Real-Atlético de los últimos años.

Después de Celta Vigo, Albacete, Valladolid y Rayo Vallecano, y la tentación, de vez en cuando, de acabar con la aventura rojiblanca, Diego Costa vio llegar su momento casi por casualidad. En 2012, él y Salvio se contendían el último cupo de extracomunitario del equipo, y finalmente una rica oferta del Benfica por el argentino determinó su permanencia definitiva en el Vicente Calderón que terminará con el tercer puesto en la Liga, la base del triunfo del año siguiente.

Diego lo había logrado, después de tantos años de vagabundeo. Un camino largo, debido principalmente a una razón, según García Pitarch, ex director deportivo del Atlético:

En mi opinión Costa siempre tuvo el potencial para romperla pero le faltaban 300 partidos. Éste, en promedio, es el número de partidos que un chico de 18 años que llega a la Liga ya ha jugado en las juveniles. Diego nunca había jugado en clubes organizados, no sabía lo que significase ‘vivir un vestuario’, ser parte de un equipo.
Le faltaba el sentido de la disciplina, de pertenencia a un club […].
Necesitaba todas aquellas amonestaciones, expulsiones, la bronca, para convertirse en lo que es ahora – hay que equivocarse para aprender.

Por fin la subida de Diego se había terminado, pero sus conquistas siguieron con Simeone, Mourinho y finalmente Antonio Conte, casi un camino natural, los entrenadores perfectos para mantener vivo el fuego que quema dentro del jugador naturalizado español.
Durante su primera sesión de entrenamiento, Diego Costa pidió al amigo Oscar de presentarle Terry, Cahill, Ivanović y Matić, y de ayudarlo en traducir una frase simple con la que presentarse

Yo voy a la guerra. Vosotros venís conmigo”.

Quizás Conte nunca supo de esta anécdota, pero habrá necesitado solo de unos minutos para entender que ya tenía a su hombre, uno que nunca saldrá del campo sin haber dejado todo lo que tiene. Y seguramente se habrá dado cuenta de que eligió muy bien cuando, después de un doblete en el 2-2 frente a Swansea, apretó los puños y gritó de rabia en el centro del campo: habría deseado otro balón para recorrer, otra lucha con un defensor, otro gol para llevar la victoria a su familia.

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La que en campo, en cada partido, defenderá, cueste lo que cueste.